Volver a Belgrano

Ricardo Biazzi
“Se enterraron los muertos. Eran muchos y esos muertos tenían mujeres, hijos, nietos. Eran más que muchos, muchísimos, y a los muchísimos los pusieron en fosa común, y encima de la fosa común se colocó una rústica cruz de madera y sobre la cruz, una leyenda: aquí yacen los vencedores y vencidos el 20 de febrero de 1813. Después Manuel se fue a escribir, en el estilo más conveniente y también más modesto, el parte de la victoria y todo lo demás. En Buenos Aires se van a quejar… Los que están lejos de las balas y no ven la sangre de la gente, ni oyen los clamores de los infelices heridos, creen que esto es fácil. Si viene la victoria la festejan con bailes y cohetes. Si llega la derrota están listos para criticar; sobre todo a los jefes. Hay tantos patriotas de boca…

Pronto le llegaron noticias de Buenos Aires: la alegría por el rotundo triunfo, las felicitaciones, el sable con guarnición de oro concedido por la Asamblea Constituyente, una donación de 40 mil pesos.-Con la plata creará escuelas- dijeron allegados ya al tanto.-Con las felicitaciones se limpiará el culo- dijo Blas”. María Esther de Miguel (“Las batallas secretas de Belgrano”)

 

Desconozco el destino de las felicitaciones, más allá de la certera grosería que De Miguel pone en boca de Blas de Mondéjar, recordando la Batalla de Salta, en su novela histórica. Se sabe en cambio, y es verdad, que el General Belgrano guiado por su espíritu desinteresado, con un desprendimiento digno de la mejor virtud cívica, rechaza para sí la compensación de cuarenta mil pesos fuertes, equivalente a ochenta kilogramos de oro, que había dispuesto entregarle la Asamblea Constituyente en reconocimiento a aquella hazaña. Baste recordar que el sueldo de un maestro, por aquellos tiempos, era de ocho pesos mensuales.Ordena, sí, se destinen los cuarenta mil pesos a la construcción de cuatro escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero (una Argentina desagradecida e indolente todavía mantiene, 190 años después, parcialmente incumplido aquel deseo). Concibe y redacta para esos colegios un reglamento para el día que funcionasen y en el que queda sentado su pensamiento progresista. Quería que en ellas se enseñara a leer, escribir y contar; la gramática castellana; los fundamentos de la doctrina cristiana; los primeros rudimentos sobre el origen y objeto de la sociedad, los derechos del hombre y sus obligaciones. Que los docentes fuesen seleccionados por concurso público de oposición. Que los buenos alumnos sean estimulados con algún premio o distinción y que se destinara parte del presupuesto anual asignado a cada escuela a la compra de libros; papel, plumas y tinta para los niños de padres pobres.Pero volviendo a los 40.000 mil pesos. ¿Por qué aquel gesto de desprendimiento? Porque consideraba que los servicios que prestaba a la Nación eran el simple cumplimiento de sus deberes. Y que si había algo extraordinario en esos servicios, jamás podían ser tasados –aun para el agradecimiento- mediante una compensación material. “Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dinero sin degradarlos;… nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos, que el dinero o las riquezas, que son un escollo de la virtud y que, adjudicados en premios, son capaces de excitar la avaricia de los demás y que permiten reemplazar el bienestar particular al interés público”.

De estas pocas líneas se desprenden los valores éticos del ideario que guió el accionar belgraniano en la función pública y en la vida privada, a lo largo de sus cincuenta años de vida: alto concepto del honor y un civismo ciudadano que lo lleva a anteponer el interés público al propio bienestar particular; modestia (los halagos en exceso le resultaban abominables); desprecio a las riquezas materiales. Recordemos que ya en 1810, como vocal del primer gobierno patrio, renunció a su sueldo y cuando lo designaron Jefe del Regimiento de Patricios, resignó la mitad de su remuneración.Pienso entonces en el 20 de junio, día de la muerte del creador de nuestra bandera, y me pregunto acerca del sentido de esta nueva recordación y la infinidad de actos escolares que se avecinan. En realidad me interrogo: ¿qué se hace en general dentro de las escuelas para que los actos no resulten vacíos de contenido? ¿Qué hacemos quienes ya no estamos dentro de ellas para relacionar los procesos, hechos y personajes de nuestra historia con la realidad de nuestros días? En el caso de Belgrano, me parece una injusticia mayor que, con una simplificación absolutamente desmedida, limitemos su obra a la creación de la Bandera, aún por importante que nos resulte o se nos ocurra lo sea ese legado.Para los argentinos es mucho más que eso y para los misioneros con mayor razón. Recordemos la proclama a los naturales de Misiones, restituyéndoles los derechos de libertad, propiedad y seguridad “de que habéis estado privados por tantas generaciones, sirviendo como esclavos a los que han tratado de enriquecerse a costa de vuestros sudores y aún de vuestra sangre”.

Recordemos también, la obra que fue el Reglamento Provisorio que hoy nutre nuestro texto constitucional. Abogado de profesión. Economista. Militar por necesidad. Periodista. Belgrano vivió apenas 50 años. Intelectual lúcido, comprometido ideológicamente con la Revolución de Mayo, participa desde el primer momento en su construcción. Estudió en Europa. Medalla de oro al mejor egresado de Salamanca. Leía a sus autores preferidos en inglés, francés o italiano.”General sin las dotes de genio militar”, decía Sarmiento. Aun así, comandó dos grandes ejércitos. No le tembló el pulso cuando debió actuar. Hizo fusilar a quienes traicionaron la Revolución.Hombre de carne y hueso, como todo mortal.Contrariamente a alguna equivocada suposición, enredado en amores y con pocas mujeres. En su testamento declara ser soltero y sin descendencia. Sin embargo se sabe que de su apasionada relación con María Josefa de Ezcurra nació Pedro Rosas y Belgrano, y de su vinculación sentimental con Dolores Helguero, Mónica Manuela Belgrano (hay quienes atribuyen su soltería a la entrega con la que se involucra en la actividad revolucionaria. Otros, en cambio, refieren en voz baja a la enfermedad venérea que habría padecido en forma vergonzante).Pudo haber sido hombre de fortuna y de mucha fortuna. De familia próspera, vuelve de Europa con el cargo de Secretario del Consulado. La causa que abraza, su compromiso ético, su patriotismo desinteresado y su preocupación por las penurias de los demás hacen que muera pobre. Sus familiares debieron recurrir al mármol de una vieja cómoda para dejar en una lápida su nombre. Hoy la sociedad toda conoce con precisión la conducta que espera y reclama de quienes ejercen la función pública y cuántas de esas virtudes belgranianas quisiera ver reflejadas en el accionar de quiénes nos representan. Pero no se trata sólo de funcionarios de gobierno. Los hombres todos de la comunidad debieran abrevar en las fuentes de ese ideario. Alguien dijo, y con razón, que el comportamiento virtuoso no es un valor que se pueda exigir exclusivamente a los funcionarios, si antes no está vigente en la propia convivencia ciudadana. Sarmiento reconocía a Belgrano como “Padre de la Patria”. Pero haber tenido un buen padre no garantiza que la vida vaya a ser un éxito. Como dice Alejandro Rozitchner, “hay que ver qué tomamos del padre, qué podemos hacer con eso, diríamos con un lenguaje y una actitud psicoanalíticos”. Por eso, volver a Belgrano es mucho más que recordarlo, una vez al año, creando nuestra bandera. Mucho más. Ricardo Biazzi

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