Semblanzas Libertador Gral. José de San Martín

En las postrimerías de un siglo que pareciera habernos querido mostrar la aceleración de la historia y el nuevo ritmo de los tiempos, en un mundo cargado de noveles escenarios y en el que no pocas certidumbres, panaceas y arrogancias de antaño se tambalean dudosas e inseguras, bien vale detenernos desde este paradojal suelo americano y aunque más no fuere por un instante, mirar hacia atrás y reflexionar con la perspectiva larga y la mirada profunda que las cosas nos reclaman.
La justa comprensión del pasado siempre ayuda a interpretar el hoy y diseñar el mañana. Nos enseña a militar con justeza el presente y prever el porvenir.
Un nuevo aniversario del nacimiento del más ilustre hombre de la Patria, se constituye así en oportunidad propicia en esta mañana de sábado posadeño para este saludable paréntesis. Es difícil, desde ya, hacerlo sin recorrer lugares comunes o condiciones establecidas. Porque como bien se ha dicho, todos hemos contribuido, durante dos siglos y aún sin quererlo, a echar toneladas de bronce y cemento sobre la encarnadura humana del General Don José de San Martín, haciendo peligrar- incluso- el valioso rescate de su ejemplaridad y el verdadero sentido y trascendencia de su obra. Que la retórica nos ceda paso, entonces, para pensar en este hombre excepcional, pero hombre al fin, cuya mayor lección y grandeza radica en haber mostrado a los argentinos el camino de la férrea superación de las propias limitaciones.
Indagando su tiempo, inquirimos acerca de sus virtudes y fortalezas para cultivarlas hoy, mañana y siempre y como digno reconocimiento a los méritos del más grande de los constructores de nuestra Nación.
Dejemos entonces, la antigua reducción de Yapeyú que lo vio nacer, su paso por Buenos Aires o por Málaga. Su incorporación al Murcia o su bautismo de fuego. Dejemos su labor en Cádiz o la batalla de Bailén; su regreso a Buenos Aires, San Lorenzo, la gloria de las campañas emancipadoras o Guayaquil.
Detengámonos sí, en el saldo ético de esta trayectoria al servicio de causas justas y la defensa del género humano.
Aún con sus adversidades y sus enemigos, San Martín encontró ya en sus contemporáneos el respeto de los grandes. Lo intuía el agente norteamericano Worthington, cuando en un informe a su gobierno escrito en Chile en vísperas de la batalla de Maipú, en 1881, decía: “Creo que esta personalidad sobrepasa las circunstancias de tiempo en las que le ha tocado actuar y las personalidades con quien colabora. Confía mucho en sus cualidades de estratega como militar y en su sagacidad política. Tiene maneras distintas y cultas y la réplica tan vivaz como el pensamiento. Es valiente y desprendido. Sobrio y sencillo, enemigo de toda ostentación”.

Las virtudes del Libertador trascienden luego fronteras y generaciones. Enaltecen los valores morales de la humanidad y nos comprometen desde el presente.
Los argentinos estamos obligados, más que nadie, a recrear y redimensionar permanentemente sus enseñanzas.
San Martín con su vida nos da cuenta del valor del esfuerzo fecundo. No hay meta imposible con trabajo y perseverancia. El esfuerzo honesto construye la senda de los grandes ideales. Un esfuerzo que es doble en San Martín, a la luz de su resquebrajada salud en los momentos que más la necesitaba. Sus problemas gástricos lo atormentaban y le impedían hasta ponerse de pie.
San Martín con su conducta nos enseña el camino de la modestia y la generosidad en el obrar humano. Ambos sentimientos profundamente arraigados en él. Huye de todo homenaje o distinción. Se resiste a la “bulla y el fandango” en su honor.
Múltiples gestos evidencias su clara conciencia sobre las dificultades del país y sus hombres y su sentido de solidaridad social renunciando a sueldos, bienes o prebendas a favor de empresas comunes.
Su actitud de renunciamiento es admirable. Todavía hoy nos cuesta comprender el gesto de Guayaquil y otros tantos pasos silenciosos y discretos de su vida pública.
Su honestidad emerge diáfana en la transparencia de cada uno de sus actos, en la administración de cuanto recurso público haya pasado por sus manos y en una vida personal signada hasta por la precariedad.
Sus preocupaciones por la educación, la defensa de la libertad y los derechos del hombre por la unidad nacional y sus desvelos por la integración continental. Una integración que hoy nos muestra luces y sombras. Alentadoras unas como nuestro irreversible proceso regional. Preocupantes e inexplicables otras como la reciente sangre derramada por ecuatorianos y peruanos.
Señoras, señores: El mejor homenaje al Libertador está en nuestras manos. Trasciende, con creces, el marco de las propias efemérides. Transitemos, pues, los senderos dignificantes de quiénes lucharon, como el Gran Capitán de los Andes, por la emancipación de los pueblos, por la justicia social y el sentido ético del paso por la vida. Y dejando de lado egoísmos insignificantes intentemos, día a día, ser herederos íntegros de la memoria sanmartiniana, relacionando nuestra existencia individual con la suerte de toda la comunidad. Honraremos así, mejor que nunca, al Padre de la Patria.

Ricardo Biazzi

 

Discurso publicado en el Diario Primera Edición.

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